Caligrama

Posted On agosto 12, 2010

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Ya sé que podría arrancar desde cualquier lugar sin importar qué es lo que voy a hacer. Pero no es cosa nueva que no sepa desde donde, cuando o como. Y no estoy hablando de grandes cosas. Hasta la cuestión diminutamente importante provoca a que las nebulosas comiencen a bailar con ese fastidio orgulloso de sus baches irresolutos de lucidez y memoria, haciendo cada vez mas asquerosa la zonza situación de elegir entre un si y un no. Pero en ese momento podría esperar, porque esperar es hermoso. En la espera el tiempo se disfraza de gala, seduce, fanfarronea con su poder innecesario, saboreando el café ajeno dejando que el aroma despliegue su mayor coreografía, casi como queriendo vender algo que no se puede comprar. Aún nadie ha comprado ni siquiera un segundo, animal en extinción continua. Y es ahí, por culpa de los segundos que se asesinan entre sí, cuando de a poquito el tiempo se torna frágil, bosteza y se queja de cruzar la avenida descalzo, quemándose con el asfalto ardiente de desesperados que desfilan evitando llegar tarde a ese lugar que vaya a saber uno cuál será. Y yo tengo infinitos lugares de donde arrancar, pero no llego nunca. Debe ser por esperar, o quizás por otra cosa que no puedo darme cuenta por estar enamorada de la danza erótica del aroma que me escupe el tiempo cada vez que espero. Y, mientras, mis ideas están quietas como una Barbie berreta a la que nadie compra y ni siquiera la mueven de lugar. Se van destiñendo lentamente de esa dulzura que tiene todo lo recién nacido, de la inocencia que sufre la penosa metamorfosis de convertirse en un plan. Pobres, algunas se transforman en eso, y otras, me las olvido. Creo que se pierden, viajan o se convierten en sueños. De ser así, son muchas las que no eligen el camino frío y estructurado que tienen los planes, porque soñar, sueño mucho. Y planear me da asco, como escuchar un violín desafinado o risas idiotas que parecen haber nacido para quitarle toda la magia a la imaginación de un chico. De chica me imaginaba vestida con una escafandra, dando pasos en la Luna, escribiendo pavadas en algún cráter como si fuese arena, en una playa y de noche. Ahí sí que hay magia. Y seguro que en la Luna también. Pero está lejos, y lo único que tengo cerca son los lunáticos, incluso cuando me miro al espejo puedo encontrar un ejemplo, que probablemente no sea el mejor, porque me conozco y sola no puedo asegurar que sea yo la lunática o aquel que lo sospeche. Uno nunca sabe, ni nunca sabrá si existen o no ciertas cosas, como Papá Noel o el temeroso viejo de la bolsa, que probablemente podrían ser las mismas personas y yo recién ahora vengo a darme cuenta. Y ahora pienso que al único hombre al que siempre le escribí cartas era el mismo al que le tenía tanto miedo, sensación que espero algún día entender y hacerme amiga. El miedo es una de las tantas cosas que está en el aire. Allí se esconden todos los sentimientos perdidos. No hay uno nuevo, son historias repetidas que están sueltas y dispersas, esperando ser cazadas por el que, generalmente, no las necesita. A veces uno respira o suspira tan profundo, que de golpe siente cosas que no esperaba. Hay tantas promesas sin cumplir, como tantos pronósticos erróneos. Son muchos los días en los que uno espera que salga el sol, que desparrama hijos en forma de pequeñas centellas de mentira, esferas luminosas que embellecen y terminan desvaneciéndose en una explosión que suena a disparo y no a llovizna, que se va desfigurando con cada gota que termina tarde o temprano tirada por el piso, con esa mirada indefinida como la de las cosas que no tienen nombre, que aún nadie ha bautizado probablemente porque superen a los significados existentes que tenga cualquier palabra, segmento rígido que nace y se estanca con nuestra costumbre de usarlas bajo la responsabilidad de hacerlo de una manera coherente y con un poquito de sentido, que nada tiene que ver con las intenciones, maldito y hermoso juego de poder mezclarlas para lograr mentiras, piropos, discursos amables como la dulzura que tiene el fumarse un cigarro al caminar o una ironía coqueta y rasposa. Puteadas llenas de aliento, bronca o simpatía, secretos que se escapan disimulando ser confesiones, opiniones serias y boludas, sentimientos lindos, cholulos, babosos, violentos, animales. Miles de cosas que se escriben y se dicen con letras, no con números, pequeños hombrecitos de personalidad y pasatiempos extremadamente jodidos, y generalmente bastante inentendibles como el por qué de la tristeza del fracaso. Está bien, no es un motivo como para alegrarse, la alegría es la parte permitida de la felicidad y la felicidad no va de la mano con los fracasos. Pero nadie me asegura que la tristeza sea el fiel compañero de tal suceso. Los miro fija cual jurado frente a los dos hechos, que se disputan constantemente el triunfo del desenlace de mis acciones. Son rivales roñosos, distanciados, pero completamente opuestos. La felicidad luce pantalones de celofán rosa, repleto de lentejuelas que llevan el brillo contagioso de una sonrisa. En cambio la tristeza, eludida hasta por ella misma, viste papel de lija con dientes llenos de sangre. De todos modos son especímenes inestables, con una conducta camaleónica y un poco mutantes, incluso ni siquiera tienen el más mínimo nivel de cordura como para mantenerse con el resultado de la disputa. Y quién soy yo para ponerme a criticar la cordura ajena, como si la mía fuese nueva y no necesitara algún repuesto. Tantos viajes lleva encima que las arrugas de haber soportado tan inmensa cantidad de climas se hacen cada vez más notorias en mi humor, quien está a cargo de mandar a toda una tripulación, llevandola a ella y a la cordura a más viajes, en los que a veces hubiera preferido no vivir nunca y otras, volver a repetirlos. Estoy casi convecida que aquello que hice puedo volver a hacerlo. Solo se necesitan ganas intensas y ánimo de querer viajar otra vez. Mi mente es libre, y mi humor es casi un piloto de un cohete. Su nave espacial se llama “cerebro”.

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