Córdoba
octubre 6, 2011
Archivado en Cuentos, Me puse a pensar, Me sale decir, Rayaduras, Yo viví esto
Dos chicas toman un McFlurry, una pareja va delante mío y me choca una mujer con 4 bolsas que delatan su dinero gastado. Un chico, un bebé, un perro. El amor está en las manos amarradas entre sí de esos dos viejos en la esquina. Yo miro mi cigarro y si cambió la luz del semáforo. Ese auto rojo va a doblar, tiene una luz titilando para advertir su movimiento. El heladero me ve pasar, pero no me reconoce. O quizás sí, qué sé yo. Son esas dudas incoherentes que a veces tengo.
No tengo más capacidad para escuchar el ruido de la calle. Pasan muchos autos, hay muchas luces. Las motos de los policías han cambiado, me ahogan más que el humo del cigarro. Ya me perdí de quiénes pasaban al lado mío, y ya me perdí de muchos días sin hablarte, es hora que nos saquemos los barbijos y nos contagiemos la rabia de no haber podido contra nuestros defectos.
Mirá qué miserables esos árboles que lo único que quieren es agua y luz. Y yo sólo quiero encontrarme…
La vida me sugiere un escondite seco y oscuro para pedirte disculpas.
Invierno
Lentitud que va cambiando de parecer
con cada beso que se me cruza sin querer.
Me voy acomodando entre los bancos de tu parque
que parecen botecitos incendiados
susurrando un amanecer inventado
con un poco más de piedad.
Si no sos vos, quién va a ser el que me lleve
a una edad menos perjudicial.
Quedate acá, seduciendo mis sábanas,
total mañana, o cuando abramos los ojos, lo que nos dijimos
ya va a estar vencido.
Quedate acá, seduciendo mis labios,
total yo no tengo mucho más para decirte.
Y tampoco tengo qué pedirte, por eso no te hablo
y me quedo callada tratando de lograr
que no nos quedemos dormidos, ni que amanezcamos vencidos.
Gustavo.
Floté. Estabas inalcanzable, yo imperceptible. Supe que se trataba de un paseo por el cosmos y sonreí. Me miraste y te vi feliz, casi como si alguien te estuviera entendiendo. Cómo me gustaría que lo puedas hacer una vez más, y ni siquiera necesito que conmigo.
Dejaría de soñar, para dormir e ir a buscarte.
¿Mensaje subliminal? Animaniacs vs El grito
RECOMIENDO VER EL VIDEO ANTES DE LEER EL POST
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Casi todos conocemos (o hemos visto, al menos) la famosa pintura de Edvar Munch, llamada “El grito“. Todas las pinturas de este buen hombre fueron bastantes oscuras y tenebrosas por su vida plagada de historias espantosas. Si bien esta obra es la más destacada de su carrera tuvo otras más o menos similares en cuanto intenciones.
Lo que la hace única a esta pintura es la tremenda fuerza que tiene el gesto de la persona que aparece allí. Sin dudarlo, es una gran creación dentro del arte, una pintura inmortal e IRREPETIBLE.
Destaco la palabra irrepetible porque toda cosa que se le asemeje es trucho, copia, o dicho de una manera chupaculos diplomática, fue inspirado en.
Viendo unos videos en YouTube, me encontré con un canal plagado de capítulos, momentos e introducciones de dibujos animados que veía en mi infancia. Uno de mis favoritos, entre tantos, era (es) Animaniacs. Por pura casualidad de la vida, tuve que poner Pausa para tomar una pastilla (lo juro) y me sorprendió el cuadro en donde se detuvo:

El cuadro aparece mas o menos a los 0:52 del video. No dudé, y volví unos segundos atrás para ver si realmente podía notarlo en la secuencia. Personalmente fue un más o menos, porque ya conocía con qué me iba a encontrar, sin embargo me sigue sorprendiendo.
Evidentemente, NO es una coincidencia.
Mi historia con Sábato
Me siento una boluda al escribir recién ésto. Pero bueno, es una clara demostración de mi despiste incondicional. Lo quiero, a veces.
De chiquita leía mucho, me internaba en la biblioteca de la escuela en los recreos, mitad para leer, mitad para esquivar sensaciones horribles. Me gustaba la biología, todo, menos la botánica. Leía algunos cuentos, quizás alguna novela que sinceramente no me acuerdo.
Eso hice hasta que vaya a saber uno por qué, no pisé más la biblioteca, ni siquiera la del pueblo. Me alejé de los libros incluso. Son esas cosas que hago sin criterio, sin coherencia. A pesar de que siempre me gustó escribir, no leía nada, ni por putas. Muchos años pasaron, creo que 4 o 5, y sentí que necesitaba un reencuentro con las letras, pero no sabía desde dónde arrancar. Le pregunté a una profesora, le aclaré toda la situación, e incluso le dije que sabiendo cómo soy yo me recomiende algo que me pueda llegar a gustar. Me dijo el nombre de dos libros. Uno que ya me olvidé, y otro que con firmeza aseguró que me iba a encantar. Era “El túnel”, y era lo primero que leía de Sábato. Quedé pelotuda, hecha una fan absurda de un momento al otro. Estuve fascinada imaginándome las calles y los faroles y ésto y aquello. Le agradecí a mi profesora y le dije que iba a leer más libros. Su aclaración fue “es lindo, pero Sábato escribió muchas cosas oscuras”. Y me pudo desde entonces.
Mi limitación a leer (nunca leo sin recomendación previa) es sumamente débil a Ernesto, grande, tremendo. Tiene mi sí asegurado con cada escrito, por más que sean pedorros. Me pudo, me dio la mano para volver a leer. Es como mi superhéroe de las letritas en las hojas. Y desde ese momento hasta siempre, gracias Sábato
Secreto
Te miro. Qué terco simpaticón sos. Bostezás y desplegás un torrente de felicidad de hojas secas que van volando. Volteo y miro para el rincón: a mí me gusta tu hermano.
¿Hoy es..?
Ay, esto de elegir otra vez. Encima tengo tan poco tiempo que las ideas se me ponen todas tontas, parecen complotadas, y de golpe me doy cuenta que no sé ni qué día es hoy. Puede que sea martes, miércoles, sábado, nena o varón.
Te miro esperando a que me llames, comienzo a impacientarme un poco porque lo hacés con otras personas y no conmigo. Miro a mi alrededor, suspiro, miro el papel que me dio tu amigo o compañero, o nada, y me doy cuenta que hoy es miércoles. No estaba tan errada, pero qué hago acá un miércoles.
Pregunto qué hora es, vos no sabés lo raro que se siente esperarte. Me pongo una mano en la cintura y estiro la pierna izquierda porque la espalda no me da más. Mientras me arranco simpáticamente la piel seca de los labios con los dientes, producto del otoño, se me paraliza la mirada por encima de tus pelos. No le doy ni bola a lo que dice, “Qué lindo sos”, pienso. En eso pasa un compañero de trabajo con su novia; me saludan y me despistan. Siguen de largo y lo miro de atrás como a todos los hombres. Vuelvo a leer el cartel esperando tener la suerte de coordinar un ratito la dirección de nuestros ojos.
Casi a punto de terminar de leer, al fin me llamás. Me agarrás de manera inesperada. Otra vez la que se la da de indiferente, ruda, cero “minita” y todo eso, ahora le tiemblan las patas y la voz ante tu mirada y es más, me paro bien, hablo suave, pronuncio todas las eses y pongo “tonito” como si estuviese (bien) maquillada.
Me sonreís, me saludás con esa sonrisa tan tierna que tenés y me aniquilás con un “Sí, decime”. Oh no! Todo, pero todo lo que leí se ponen a hacer un carnaval en mi cabeza y no escucho nada de lo que me dicen las ideas.
- Hola. Eeh… Bueno. Dame tramontana y vainilla. ¡No! Dulce de leche graniz… perdón. Mejor chocolate semiamargo.
- ¿Y tramontana?
- Sí, sí. Gracias. – Miro para otro lado como si todo estuviese resuelto.
- Perdón linda, no me dijiste: ¿Cucurucho o vasito?
- Ay, jaja! Perdoname. Sí, cucurucho por favor. – “Quedé como una boluda”, pienso.
Me da mi helado, me dice que lo disfrute, nos agradecemos mutuamente y nos saludamos con un “Chau, hasta luego”. Me pongo a pensar por qué me pasé tanto tiempo leyendo todo el letrero y me preocupé en lo que iba a elegir si al fin y al cabo siempre pido lo mismo.
Voy caminando con el cucurucho en la mano, tratando de no desparramar helado derretido, gotas dulces, por el mundo. Me doy cuenta que se me hizo un poco tarde y mi marido me espera para cenar. Guardo la cuchara como si fuera una foto que reflejara un momento de amor, al pedo, pero es como si tuviera un secreto con ella.
Cuando voy a abrir la puerta se me caen las llaves, las junto y al entrar a casa mi marido me pregunta “Te olvidaste qué día es hoy, ¿eh?”
Porno
Vicio inmundo, otra vez me miro al espejo sabiendo que voy a repetir la misma escena de todos los días. Me vuelvo a sentar, ya sé lo que voy a hacer: clicks rufianes, loading misterioso, reproducción entrecortada. Maldito internet. Justo en las mejores partes.
Me pongo los auriculares, me da un poco vergüenza que se escuche afuera. Hasta me da vergüenza escucharlo yo misma. Hombres, muchos hombres, ninguna característica femenina asoma por la pantalla, excepto mi reflejo. En un rato voy a estar encadenada a los destellos y temblores del centro de mi país que pobre, ya está cansado de que todos le quieran hacer las cosas por atrás, engrupirlo, traicionarlo, dejarlo de lado. Así está. Miserable y solitario. Malditos sean sus gobernantes corruptos y mentirosos que se llevan los gritos y las ilusiones. Bah, ¿a dónde se llevan esas cosas? Tendría que revisarles los bolsillos antes que se vayan al extranjero.
No importa. Trato de no pensar en eso, es más, no quiero pensar en nada. Ya cesará el sismo y la lluvia de esta tierra, se siente el olor recargado a tierra mojada, y voy a terminar como siempre, respirando hondo y lavándome las manos.
Vuelvo y cierro todas las ventanas, menos una. Recorro el sitio. Me río y pienso que ya lo vi todo: mañana no voy a encontrar nada nuevo. No me preocupo, sé muy bien que no es más que un impulso a la campaña política sexual espantosa que me divierte y termino votando.
Mis ojos fijos, un país manoseado. Pornografía: realista e insensata, pero sincera al fin.
Kiosco
De todos los cuentos que hice solo éste voy a mostrarte, como para que
sepas de la existencia del resto que nunca vas a leer porque me da
“cosa”. Tomalo como un amague, un amague cobarde, sincero y astuto,
como eso que tenés vos a la hora de calentarme que no sé qué es.
La nube de humo que se pasea por tu cara, desde el cigarro hasta
perderse en el cielo, me pone boba y comienzo a fabular frases y
analogías que te destaquen, tratando de retenerlas como hago con la
respiración cuando saco la basura, pero es al pedo porque se me
escapan. La magia misma se me escapa cuando me mirás a los ojos con
ese humito de por medio y recién vuelve a entrar en mi paciencia como
un empujón, así como el impulso que tiene un asteroide que va decidido
a destruir un planeta en cuatro, doce mil o trescientos setenta mil
millones de pedacitos que caen alrededor tuyo cada vez que te veo. Y
cuando no te veo también pienso en verte o que me encuentro con vos,
así sin querer, de sopetón, como un chasquido contento o casi como si
me encontrara un billete de $2 e ir al kiosco a cambiarlo por
caramelos, y así poder ir caminando hasta mi casa conteeeenta y más
boba que nunca, llegando feliz, silbando, yendo al balcón a tirar los
papelitos de los caramelos uno por uno. Pero nadie me va a entender
que esos papelitos son cabellos que se le caen a la alegría. Está
bien, no soy boluda. Ya sé que aquel y aquellas me miran feo y seguro
piensan que si la mugre que estoy dejando es por pendeja pelotuda o
por sucia. No saben ni se imaginan lo que se siente al ver los papeles
aterrizar desde acá y cómo se mezcla en todo ese trayecto la dulzura
que tengo en el paladar, acordandome de tus besos.
Ya no tengo más nada que mirar ni tirar por el balcón, y tampoco creo
que pases a esta hora caminando o en bicicleta.
Me voy adentro, bostezo y pienso un ratito más en cuál es la relación
entre tu humo y mis papelitos. Cruzando la mesa y yendo al baño me
espera un enanito callado, lo más grande que puedo tener de adulta. Me
mira y me empuja simpáticamente para mi pieza, diciendome “Dah,
pibita. Dejá de pensar boludeces, jajaja!”.
Y vuelvo a mirar hacia la ventana, diciéndole a las sensaciones “Che,
vengan!”. Miro al techo, me quedo callada y comienzo a suponer que la
magia se compra, o mejor dicho, fuimos a comprarla, y en el mismo
kiosco. Vos con tus puchos y yo con mis caramelos.